Fernando Martín Aduriz

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Fernando Martín Aduriz


El pan y la palabra

25/03/2025

La noticia de la llegada en este mes de marzo de 2025 de un libro escrito por un poeta, El pan y la palabra, no ha abierto las portadas de los periódicos. Quizá sea porque, de momento, más importante que la aparición de un bello y sabio poemario, sean noticia el alto número de asistentes a algún acto cultural, a un espectáculo o a un entierro. Las cosas que interesan de verdad al gran público son las cosas de las masas y la muerte, las guerras de nuestros antepasados, y las guerras que preparan nuestros contemporáneos cuando hablan de rearme.
Si hay algo que, mientras tanto, sugiero debería interesarnos de verdad es la utilidad de lo inútil. Por eso, la aparición este mes de un renacido Campos de Castilla, obra de nuestro Machado de Paredes de Nava se me antoja lo mejor que nos puede suceder. Cuando apareció el anterior Campos de Castilla allá por 1912 no recibió el poeta sevillano la misma acogida que hoy tendría entre el público ilustrado. Sólo una muy nutrida minoría, avisada por Antonio Gamoneda, sabe que vive rodeada del canto de un poeta invisible, de Machado disfrazado de esperanza de Cuba, con el que se cruza por las calles de Paredes de Nava, o entre los muros del Ateneo palentino.
Asómate, nadie es tan pobre que no tenga una ventana, proclama el poeta en su Oda del Molino. Asomarse a la inútil poesía tiene un beneficio indudable, que espero poder transmitir a través de las ágoras de los jóvenes poetas del mañana: reconocerse en quienes viven la vida con deseo de vitalista y entregados a un sueño.
Al poeta Sergio G. Zamora, que es feliz haciendo pan y montando en bicicleta, le hablan hoy en una lengua de adobe. Y anuncia que, en su silencio, cada ofensa se volverá bendición. Dice tener corazón de huérfano. Cree haberse vuelto invisible, por vivir rodeado de espigas, cumpliendo así una demanda de su infancia, a él, a quien le basta con la ceguera amable de las mañanas de niebla castellana. Él que anda y desanda los campos de castilla donde el incendio o la sangre se han hecho flor. 
El poeta, que dice ser un gigante panadero que amasa lo invisible, ha hablado, y nos acaba de hacer mejores a todos los castellanos del pan y la palabra, porque pasa el pan con un poeta al hombro.