Jesús Martín Santoyo

Ensoñaciones de un palentino

Jesús Martín Santoyo


EL AFILADOR

16/03/2025

Tengo asociada la presencia de los afiladores que visitaban mi pueblo al menos una vez al año a mis felices recuerdos de infancia en Las Cabañas de Castilla.
«Se afilan cuchillos, navajas, tijeras…» pregonaban a voz en grito en los intervalos de la identificadora musiquilla que anunciaba su presencia en la aldea.
El pito del afilador, chiflo o «chiflito» producía una escala musical inconfundible que avisaba de la llegada del artesano.
Los niños, atraídos por la música, acudíamos a su encuentro cual ratones tras el flautista de Hamelin y pasábamos el día contemplando la nube de chispas que surgían del contacto del acero con el esmeril.
Los afiladores, al menos los que visitaban Las Cabañas, solían venir de Galicia. Más en concreto, de la provincia de Orense. Gente humilde que abandonaba su tierra a lomos de una bicicleta cuando llegaba el buen tiempo y que recorría los pueblos y aldeas de Castilla ofreciendo sus servicios de afilado. Quiero suponer que esas bicis adaptadas para hacer girar a golpe de pedal la piedra que se aplicaba al filo de los cuchillos, forman hoy parte de museos etnográficos.
Hoy, cuando desayunaba, me ha sorprendido escuchar los soniquetes de mi infancia.  Unos altavoces anclados en el techo de una furgoneta emitían la misma música grabada que antaño reproducían los afiladores con sus chiflos tradicionales. Tras la melodía, el mismo texto: «Se afilan cuchillos, navajas, etc». Me resultó curioso que a la retahíla de objetos para aguzar se sumaran ahora otros utensilios, como las podadoras o las azadillas de huerto.
El texto que emitían, también previamente grabado, se repetía en bucle, de modo continuo, desde el equipo de megafonía de un vehículo, vejo, astroso, lleno de oxidaciones en la chapa, que revelaba lo poco rentable que resultaba el viejo oficio artesanal.
El conductor circulaba muy despacio recorriendo la calle de María de Molina. Una pegatina referida a «Galicia, paraíso natural», pregonaba el origen del operario.

AFILAR LAS TIJERAS. Bajé de casa para aprovecharme de sus servicios. Solicité que me afilara unas tijeras y una podadera de huerto. El inconfundible acento gallego del artesano confirmaba su origen orensano. Su amabilidad en el trato me animó a entablar conversación con él. Representaba a la tercera generación de afiladores de su familia, originaria de una mínima aldea colgada en una ladera de los cañones del Sil.
«Mi abuelo bajaba a Castilla en bici, mi padre lo hacía en moto, yo me muevo en una camioneta. No hemos cambiado los lugares que visitamos. Siempre en las provincias de Zamora, Valladolid y Palencia. Tampoco las fechas en la que ofrecemos el servicio, desde finales de febrero hasta principios de julio. Luego regreso a mi aldea. Cultivo mi huerta y ofrezco algunas de las habitaciones de mi vivienda como alojamientos de turismo rural. En otoño ayudo a mi cuñado a vendimiar unas cepas de uva Mencía. Elaboramos un vino muy aceptable».
Su cara de satisfacción informaba de un hombre feliz con la vida que le había tocado en suerte.
«Y tus hijos, ¿van a seguir con la tradición familiar?», pregunté.
«No», me contestó. «Mi hijo mayor trabaja como profesor de gallego en Vigo y mi hija se casó con un viticultor que además explota una de las barcazas que circulan por el río. Ofrecen a los turistas un paseo fluvial para visitar los monasterios medievales situados en los cañones del Sil, hasta llegar al Parador Nacional de San Estevo. Conmigo acaba la saga. Pronto me jubilaré y dejaré la carretera. Pero seguro que lo echaré de menos. He conocido con los años a clientes de pueblos pequeños con los que he alcanzado una grata relación de amistad. No todo resulta negativo en la vida nómada e itinerante a la que obliga mi oficio». Cuando desaparezcan definitivamente estos últimos artistas, echaremos en falta a los afiladores gallegos y olvidaremos en un rincón perdido de nuestra memoria esa musiquilla del «chiflito» que nos trasladaba a nuestra luminosa niñez. 
Hoy en Palencia hemos podido presenciar una de las últimas actuaciones del afilador que recorría la calle de María de Molina y de Casañé. Varias mamás y algún que otro abuelo que acercaban a los niños al colegio se han detenido para explicar a los pequeños la singularidad de un trabajo condenado a desaparecer y a pasar a la historia etnológica de nuestro país.