La comunión con el paisaje y el entorno de mi Palencia natal no impide que en ocasiones añore la reconfortarle visión del litoral marino.
Siendo niño contemplé el mar por primera vez en Gijón y, poco tiempo después, aprovechando los campamentos que el Frente de Juventudes (OJE) organizaba para que los chicos del interior visitáramos la costa, disfruté de la bahía de Santander cuando la crucé en una barcaza para dirigirme al campamento Alfonso VIII de Somo-Loredo.
La fascinación por el mar me ha acompañado desde que era un joven mesetario que soñaba con permanecer algún periodo de su vida junto al océano. Por suerte he visto cumplidos mis sueños. Durante cerca de treinta años he residido en una ciudad costera a orillas del Cantábrico.
Me gusta el mar, aunque no acostumbro a bañarme en sus agitadas aguas, mecido por sus olas. Soy friolero y no sé nadar. Prefiero contemplar su inmensidad caminando por la orilla.
Mientras viví en Santander paseaba habitualmente por la costa del Cantábrico. He podido contemplar su privilegiada bahía desde el parque de Mataleñas hasta el Faro. Y bordear las playas del Sardinero hasta península de la Magdalena para alargar en ocasiones mi caminata por la calle Castelar y el Paseo de Pereda hasta el Barrio Pesquero. Es difícil encontrar una visión tan gratificante y reparadora como la que ofrecen estos paseos de espaldas al mar abierto, debido a la singularidad de una bahía que mira al sur y cierra su horizonte con la emblemática y totémica Peña Cabarga.
En la actualidad, desde mi atalaya palentina, añoro de vez en cuando esos paisajes con los que soñé en mi adolescencia y de los que disfruté en mi madurez.
Y los anhelo desde el placer que siento ante las maravillas de mi tierra natal. El paisaje de ribera junto al río Carrión muestra una belleza subyugante. Un paseo por el monte el Viejo o un recorrido en bici por las sirgas del Canal de Castilla puede satisfacer al diletante más exigente. A mí me reconforta de la ausencia del mar Cantábrico.
EFECTO CAMALEÓNICO. La visión del océano tiene un efecto camaleónico en el estado de ánimo de quien se asoma a sus aguas. Se puede percibir la ilusión inocente de un paraje idílico que potencia la felicidad, o la frialdad agónica, triste, que profundiza en la confusión y zozobra del desasosiego. Quizás por ello, el mar sea el espacio elegido para compartir situaciones de extrema hipersensibilidad. Lo escogen los suicidas para poner fin a sus vidas cuando la angustia les conduce a un estadio de desesperanza y hastío. Pero también lo buscan como horizonte las personas en los momentos de dicha para potenciar sus emociones. Los enamorados frecuentan paisajes marinos los fines de semana románticos. La gente del común persigue esos entornos acuáticos para disfrutar de las vacaciones. Como decía, es el resultado del efecto poliédrico que produce la contemplación el océano, seguro potenciador de las emociones buenas o malas de quien lo observa.
Si a este efecto subjetivo sumamos las diferentes estampas objetivas del inmenso piélago, desde la calma chicha que nos permite definirlo como un plato, hasta la salvaje violencia de un día de galerna, nos explicamos aún mejor su influjo en las personas.
Tuve un suegro, burgalés de cuna, muy inteligente, que aprendió a aunar las ventajas de los escenarios de Castilla y Cantabria. Mientras ejerció como médico en Marina de Cudeyo, bajaba todos los fines de semana a su feudo castellano. Cuando se jubiló y se avecinó en la comarca de Villadiego, visitaba todas las semanas a sus amigos de Santander y se beneficiaba del aire yodado del litoral marino.
UN TIPO LISTO. José Mari era un tipo listo y pragmático. Creo que es aconsejable imitarle en esos hábitos con los que combinaba lo mejor de los dos territorios.
Esta semana visité Comillas y compartí mesa y mantel con excelentes amigos cántabros. Fue una reunión gratificante que además me permitió darme un paseo por la playa de Oyambre y gozar de la brisa marina del mar Cantábrico.
Ojalá pueda seguir visitando el litoral con frecuencia y quiera Dios que lo haga impulsado por un estado de paz y felicidad previa. También os lo deseo a vosotros, queridos lectores.