Javier, un vecino dicharachero del barrio de San José, trabaja en FASA. Se ha mudado a Palencia desde Valladolid. Su esposa le solicitó el divorcio, a la vez que le informaba de que se había enamorado de otro hombre. Javier no opuso ninguna resistencia. Hizo las maletas y trasladó sus enseres básicos a un apartamento de la capital del Carrión. No tenía hijos. Su mujer, profesora, ganaba suficiente dinero y el divorcio no supuso un quebranto económico para los excónyuges.
«Desde que resido en Palencia me he convertido en un adicto a las redes sociales. Resulta curioso, porque antes de separarme no tenía ni Facebook ni Instagram. Apenas usaba WhatsApp», me confesó.
Ante mi interés por conocer su experiencia en las aplicaciones pensadas para socializar con otras personas, me citó una tarde para tomar café en el bar Bariloche y detallarme su experiencia.
«Desde hace un año todas mis relaciones han nacido en internet. Son decenas las plataformas que ofrecen interactuar con otros sin salir de casa, en busca de los más variados objetivos. Dejando a un lado las apps orientadas a proporcionar encuentros sexuales, con pasiones efímeras que huyen de cualquier compromiso, hay otros portales que sugieren amistades abiertas a que pueda surgir una afinidad afectiva posterior. He estado inscrito en tres aplicaciones. Una se especializaba en buscar contactos entre personas de alto nivel educativo, otra seleccionaba perfiles por tramos de edad y la última, muy popular, se abría a cualquier relación entre hombres y mujeres. Haré una primera observación. Es muy sencillo apuntarse a una aplicación de contactos. No resulta tan fácil salir. Hay que leer la letra pequeña de lo que se contrata. Corres el peligro de pagar cuotas indefinidamente, aunque ya no te interese usar sus servicios», resalta.
Javier, muy ordenado en su exposición, pormenorizó sus opiniones como usuario de redes sociales orientadas a buscar pareja. Transcribo sus observaciones.
«1. Es muy fácil mentir. Se puede ocultar la verdad en el perfil que cada usuario se adjudica a sí mismo. Hay quien falsea la edad, el lugar de residencia, las fotografías adjuntadas. Puedes engañar incluso en tus intenciones. Pero no todo el mundo miente. Hay usuarios honestos y sinceros que actúan a pecho descubierto.
2. Las plataformas sugieren a diario contactos entre candidatos a los que un algoritmo ha elegido por su supuesta afinidad. El usuario sólo elige entre lo que le proponen. Pero, a veces, el algoritmo acierta con el perfil que sugiere al cliente para que establezca un primer contacto.
3.Si hiciéramos caso a cómo los usuarios se ven a sí mismos y fuese cierto, no habría problemas en el mundo. Todos los clientes de las aplicaciones se presentan como personas honestas, sinceras, fieles, solidarias, cultas, familiares, sensibles, con inquietudes…Algunos son, efectivamente, como se muestran en sus perfiles.
4.Casi todo el mundo tiene un alto concepto de sí mismo. Se trata de venderse, de ofertarse para que alguien desee conocerte. Puedes topar con mujeres de 65 años que piden contactos con hombres de cincuenta. En el caso de los varones que buscan pareja, las referencias a la edad de la mujer deseada son aún más extremas. Pero también hay gente sensata que intenta conectar con personas afines a su edad y experiencia vital.
En conclusión. Hay que huir de las generalizaciones. Puedes conocer a gente con la que llegues a mantener una relación de amistad, sin ir más lejos. He conocido a alguna mujer con la que, ni viviendo tres vidas, hubiera llegado a conectar de forma convencional. Y el resultado fue gratificante. En las ciudades pequeñas las apps de contactos pueden ser la solución para paliar la soledad no elegida de las personas. Otras alternativas para buscar pareja son igualmente válidas: bailes, gimnasia, senderismo, corales, clubes de catadores de vino o de buscadores de hongos... Todas esas actividades te ofrecen ocasiones de socializar y salir del ensimismamiento. Por tanto, bienvenidas sean las aplicaciones de contactos, sean para ligar, para viajar o para discutir sobre literatura romántica del XIX. Dichosos los que pueden vivir sin necesitarlas».
Ha sido interesante escuchar y aprender de la experiencia de Javier. Indudablemente, son los nuevos tiempos.