Jesús Martín Santoyo

Ensoñaciones de un palentino

Jesús Martín Santoyo


CENIZAS

30/03/2025

Una mañana, a primera hora, cuando estaba a punto de cruzar uno de los puentes del río Carrión, me topé con una mujer que arrojaba un puñado de cenizas al cauce fluvial. El fuerte viento de oeste había imposibilitado que la señora se percatara de mi presencia. Al sentirse sorprendida, me ofreció sus disculpas y me rogó que no denunciara sus maniobras a las autoridades.

Desconozco cómo regula la legislación municipal o regional la reciente moda de arrojar a los ríos, lagunas o pantanos cenizas procedentes de la cremación de cadáveres. Supongo que, al igual que en la mayoría de las ciudades europeas, esta práctica esté o muy restringida o radicalmente prohibida. Hace muchos años que esta romántica costumbre fue proscrita en lugares de gran flujo turístico o con un encanto paisajístico especial: el rio Sena en Paris, el rio Guadalquivir en Sevilla, la playa de la Concha en San Sebastián, la laguna de Venecia o la bahía de Santander. En el caso del hermoso enclave cántabro, me consta que, antes de su prohibición, ya había algún avispado emprendedor dispuesto a hacer negocio prestando su lancha de pesca para ofrecer sus servicios a quienes lo solicitasen.

Las razones sanitarias y la probable y temida generalización de la costumbre en una época en que disminuyen significativamente las inhumaciones tradicionales de los restos humanos parecen aconsejar las medidas coercitivas.

La mujer sorprendida "in fraganti" intentó justificar su conducta.

"Son los restos de mi padre, que me hizo prometerle en su lecho de muerte que arrojaría sus cenizas en cuatro lugares emblemáticos de Palencia: el canal de Castilla, la loma del Cristo del Otero, el río Carrión y el bosquecillo de cajigas y encinas del monte El Viejo. He viajado desde Bilbao para cumplir mi promesa"

Kepa, el padre de la doliente mujer, presumía de raíces vascas. Natural de Guernica, pertenecía a la cuarta generación de una familia arraigada en Vizcaya. Todos sus antepasados se habían dedicado a la industria con puestos más o menos relevantes en fundiciones y factorías químicas. Menos Kepa. Su pasión por la literatura le llevó a estudiar Filología Hispánica en la Universidad de Deusto. Una vez licenciado, opositó y ganó una plaza de profesor de bachillerato en el instituto Jorge Manrique de Palencia.

Y en la capital palentina dio un vuelco radical su vida. A los pocos meses de ejercer como docente, se enamoró hasta las trancas de otra profesora de la ciudad. Regresó a Euskadi para presentar a su novia a la familia. Había decidido domiciliarse en Palencia.

En la capital del Carrión se aficionó a la pesca de cangrejos y truchas, a la cultura micológica que le entretuvo recorriendo sendas y perdidos en busca de cardillos y boletus, a la bici, al monte, a la cuadrilla de amigos con los que tomar vinos de bar en bar los fines de semana…Llegó a no echar en falta su tierra vasa.

Pero si el corazón le ató a Palencia, ese mismo impulso le llevó a salir de la capital castellana. Un inesperado enamoramiento crepuscular de una compañera del instituto le empujó a solicitar traslado a Valencia, la cuna de su nueva musa. Abandonaba a su mujer y a su única hija, estudiante de enfermería.

No funcionó esta segunda relación y a los tres años de su extravagante huida se encontró solo y sin familia en su plaza docente levantina.

En medio de una aguda crisis de identidad y de valores intento recuperar a su primera esposa y regresar a Palencia. No hubo lugar. Su exmujer, tras una dolorosa y traumática etapa, había rehecho su vida. No quiso saber nada de su arrepentido primer marido.

Al jubilase, Kepa regresó a Bilbao y se instaló en la casa de su anciana madre. Allí pudo recuperar el afecto de su hija, que trabajaba como enfermera en el hospital de Basurto. Intentó retomar su vida en la capital vasca. Vinos con la cuadrilla, senderismo, micología, sociedades gastronómicas… pero seguía añorando su lejana etapa en la capital castellana.

La muerte de la madre, le sumió en la depresión. Se abandonó. Abotargado y melancólico se encerró en casa con sus fantasmas personales. Un ictus le condenó a una triste agonía en soledad. En su testamento rogaba que sus cenizas fueran esparcidas en cuatro enclaves de Palencia.

La hija de Kepa arrojaba un primer puñado de cenizas el río Carrión cuando la sorprendí en esa ventosa madrugada primaveral. A lo largo del día visitaría el monte El Viejo y el Cristo del Otero. Dejaría un último recuerdo de los restos de padre para arrojarlos al final del día en una esclusa del canal de Castilla.

Por mi parte, que no dejen de cumplirse los deseos de Kepa.