Jesús Martín Santoyo

Ensoñaciones de un palentino

Jesús Martín Santoyo


Los nuevos pobres

23/02/2025

Creo que uno de los conceptos que más urge redefinir en los tiempos actuales es el de pobreza. Y, por extensión, el significado de pobre.Mantengo vívido en mis recuerdos la imagen de los pobres que recorrían los pueblos de Castilla en los años sesenta del siglo pasado. Solicitaban ayuda para sobrevivir a su miseria. 
Se trataba de personas menesterosas en una España pobre. Los vecinos de mi pueblo les ofrecían un chusco de pan, con una pizca de tocino si tenían suerte, o unos céntimos de peseta para que pudieran paliar su hambruna. 
Recuerdo que en una ocasión mi padre sentó a la mesa familiar a uno de estos despojos humanos y le ofreció un plato de legumbre y unos huevos fritos. Un manjar, sin duda. Alarmados por el mar olor del mendigo y por su notoria suciedad, mis hermanos y yo asistíamos atónitos a la escena.
 Quiero suponer que cada uno de esos mendigos del camino, andariegos, marginales, mal vestidos y peor aseados, tendrían una historia fascinante que explicaría su indigencia. Casi seguro que muchas de sus biografías estarían condicionadas más o menos directamente por el resultado de la guerra (in)civil aún reciente. Otros explicarían su marginalidad por padecer alguna tara física. Tuertos, ciegos, lisiados, dementes… componían el retablo de las  maravillas de la pobreza. España estaba desarrollándose rápidamente con una industrialización acelerada, pero la prosperidad aún no había alcanzado a estos tristes desheredados de la tierra. Hoy en día, los pobres no tienen nada que ver con aquellos limosneros. De entrada, no creo que ningún mendigo pase realmente hambre en Europa. La cobertura social de cualquier ayuntamiento, ONG o parroquia, junto con el auxilio estatal aseguran al menos un plato caliente para los nuevos miserables. La mayoría de los mendigos de hoy proviene de una emigración incontrolada que arroja a la calle a una legión de africanos que, tras jugarse la vida en una patera, llegan a España y chocan con las complejas realidades del país soñado. Claro que, aun así, viven mejor mendigando en Europa que en la sociedad de sus países de origen, casi todos arrasados por dictaduras abyectas y guerras tribales, fruto de la catastrófica descolonización europea.Quiero hablar de otros pobres. Son los ciudadanos sin trabajo estable o con contratos a tiempo parcial mal pagados. Suelen carecer de formación y cualificación laboral.  Y de futuro.
La definición de esta nueva indigencia cambia dependiendo de su localización geográfica. En Madrid o Barcelona un joven con salario mínimo es un pobre de solemnidad que sólo logra sobrevivir privándose de casi todo y condenándose a compartir una vivienda donde pueda pagarse un camastro y comer caliente todos los días. Le costará trabajo salir de ese buble de miseria. Ese mismo joven, con ese mismo salario, podría tener una vida más aseada en ciudades como Palencia, Lugo, Zamora o Teruel. Finalmente me referiré a otra nueva categoría de pobreza.  Todos aquellos que sobreviven con ayudas sociales más o menos generosas.  Suelen ser ciudadanos con empleos discontinuos, no especializados y con cargas familiares. Sin las ayudas no podrían llegar a fin de mes. Su mayor riesgo, caer en el desánimo, en la indolencia, en la abulia que les aleje de la búsqueda activa de empleos mejores. Si tienen una edad avanzada suelen resignarse y esperar pacientemente para jubilarse con una pensión ridícula. Si son jóvenes, su mayor enemigo es la desesperanza. Suelo ver a diario en el local donde tomo café por las mañanas a un joven matrimonio que desayuna en compañía de su bebé de meses. Los oigo hablar de sus precarios empleos. «El sábado haré una boda como camarero de refuerzo en el hotel…».   «Me ha salido un contrato de varias semanas como reponedor en el supermercado…», indicaban.
Sin futuro, sin esperanza y con un bebé ajeno a la peculiar vida laboral de sus padres. Un niño que pasa mas horas en le bar que en la guardería. ¿A dónde vamos? Me imagino a ese niño de adulto y lo veo retratado en alguno de los clientes del bar. Hombres de unos cuarenta años, que viven con sus padres, de la pensión de sus padres y de las ayudas sociales. Veo cómo trasiegan cerveza sin la más mínima esperanza de cambiar de vida. Lo peor ocurrirá cuando a la desesperanza se una la falta de ganas y su existencia parasitaria les llegue a  satisfacer y a conformar. 
Son, sin duda, lo nuevos menesterosos.