Arturo J. Pinto

El rincón del abad

Arturo J. Pinto


La dignidad de ser concejal de pueblo

27/02/2025

Recordarán cuando hace casi un año, en una sesión de control al Gobierno que tuvo lugar en el Congreso de los Diputados, el presidente, Pedro Sánchez, con un tono hosco, antipático y prepotente -en el contexto de la habitual trifulca tabernaria-, se refirió al líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, diciendo que  «… usted, con ese historial, ha podido escalar a lo más alto de su partido político, y en mi partido político usted no habría llegado ni a concejal de pueblo». Todo ello en medio de una discusión sobre las supuestas corruptelas de personas del entorno al poder ejecutivo y el partido que lo sustenta, con la complicidad de sus socios directos e indirectos. 
Lamentables palabras del presidente respecto a ser concejal de pueblo, que son un claro desprecio a los mismos, a los más de 67.000 concejales que tiene nuestro país, muchos miles de ellos de pueblos pequeños. De pueblos que no tienen apenas personal y recursos y que funcionan en muchos casos por la entrega de personas que rigen los consistorios. Y muchos de ellos sin cobrar un céntimo por su trabajo y dedicación. Ninguno de estos concejales de los pueblos pequeños se mereció este menosprecio de verse comparados como unos inútiles que no dan para más, tal y como lo hizo nuestro presidente.
Ser concejal de pueblo es un inmenso orgullo, entre otras razones, por haber conseguido directamente la confianza de tus vecinos y vecinas para representarles en el pueblo. Ser concejal de pueblo, conocer los problemas reales de la ciudadanía, los del día a día, debería ser requisito previo para tener mayores responsabilidades en otros ámbitos de la política: para ser altos cargos en las administraciones estatal o autonómica, antes deberían pasar por un ayuntamiento pequeño y ejercer de concejal o alcalde, con los pies en el suelo y con mucho sentido común. Otro gallo nos cantaría a la hora de ponderar el qué y el cómo hacer política al servicio de los ciudadanos.
Aunque el cargo de concejal de pueblo pueda parecer modesto en comparación con otros puestos políticos, su impacto en la sociedad es innegable. Los concejales -con el alcalde a la cabeza- aprueban los presupuestos municipales, imprescindibles para gestionar los servicios públicos en su pueblo -parece que el Gobierno no lo necesita y por eso tira del déficit público, que pagamos todos los españoles-, como las pequeñas obras y dotaciones -llevando sus demandas y necesidades a otras administraciones-, la atención social, el emprendimiento o el ocio, haciendo de intermediario con los ciudadanos, y cuya labor es fundamental para el buen funcionamiento de la democracia, que se ejerce, sobre todo, en la vida municipal.
La política local es la más sacrificada. Ser concejal de un pueblo es ponerse en lugar de cualquier otro vecino o vecina, atendiendo sus llamadas, aunque sean las diez de la noche, porque se ha ido la luz o el agua: es decir, concejales (o alcaldes) para casi todo -la gran mayoría, habiendo excepciones de ediles que se escaquean- y las veinticuatro horas del día, a pesar de la incomprensión de algunos vecinos, sobre todo los que exigen mucho y arriman poco el hombro.
Las mencionadas palabras del presidente del Gobierno demuestran la concepción que tienen en las altas esferas sobre la política municipal, la más cercana al ciudadano y con necesidades reales. Actualmente en el Parlamento están a otras batallas -con la sombra permanente de la cada vez más indiciosa corrupción-, que tienen como denominador común la obsesión de Sánchez de atender los caprichos de los independentistas para seguir en el poder. Ahora estamos en la planteada quita de deuda autonómica -que pagará el Estado con el impuesto de los ciudadanos-, beneficiando a los que han malgastado el dinero público y perjudicando a los que gestionan con más rigor y eficacia los servicios al ciudadano. La financiación autonómica -como la educación o la vivienda- merece un intento de consenso nacional del PSOE gobernante con el PP aspirante -ganador en las elecciones-, para buscar el equilibrio entre territorios, lo que deriva en buscar también un consenso sobre financiación local, con singular atención a los pueblos.
Más vale que tomen ejemplo de los concejales de pueblo, que con muy poco dinero son capaces de mantener los servicios públicos con la dignidad suficiente para seguir conviviendo en libertad, con respeto y solidaridad.