Vivimos tiempos de incertidumbre que nos afecta como ciudadanos en una sociedad cada vez más compleja y con un horizonte nada claro. Cada mañana nos preguntamos qué estamos haciendo mal, de tal manera que, aun teniendo lo necesario para vivir materialmente, no estamos satisfechos con la deriva como sociedad, que está descuidando los valores de la democracia, la libertad de mercado, de defender la propiedad privada; la libertad de expresión, de educación, de religión, de vivir la vida cada cual como mejor le parezca sin molestar a los demás, en el marco de una sociedad tolerante, de respeto y convivencia, valores cada vez más deteriorados por las malas formas representadas por la clase política, y por colectivos y personas desde diversos sectores que ejercen una influencia negativa.
Vivimos una actualidad vertiginosa. Pareciera que Europa se prepara para la guerra, si nos atenemos al reforzamiento de la defensa ante la amenaza rusa y la alocada diplomacia del Gobierno estadounidense. Y todo por el control de la energía; también por el control del comercio internacional, que deja de respetar las reglas para imponer el criterio del más fuerte; asimismo por el control de las armas -del que tanto se ha escrito-, una realidad que alimenta revoluciones sin sentido, dictaduras sangrientas o terrorismos por doquier, con la complacencia del llamado primer mundo.
Ahora Europa, que se siente ninguneada por Estados Unidos, al menos en las formas, se ve inmersa en incrementar su gasto en defensa en 800.000 millones de euros para hacer frente a la autocracia rusa -invasora de Ucrania y ya veremos si de algún país más-, lo que supone grandes incrementos en los presupuestos nacionales para asuntos militares, y lo que ha derivado al Gobierno español a comprometer un incremento del 2% del PIB en Defensa, con una media de 8.000 millones prevista de euros extras al año.Con este panorama el presidente Sánchez no debe, ni puede, seguir gobernando España como Pedro por su casa, como si tuviera mayoría absoluta; dada su debilidad parlamentaria, y sin presupuestos, columna vertebral de cualquier proyecto de gobierno. En vez de consensuar con el partido mayoritario del Parlamento (PP), nuestro presidente (PSOE), para conservar el poder, ha preferido pactar cada día con sus socios anti Estado concediendo prebendas económicas y jurídicas que bordean la decencia constitucional de un país que reclama ponerse de acuerdo en las cosas del comer y de la convivencia; partidos minoritarios, por otra parte, que no comulgan con un incremento del gasto militar para defender el modelo de democracia liberal europeo -curioso, que en esto coinciden la extrema izquierda y la extrema derecha-. Y todo ello con un déficit alarmante, gastando más de lo que se tiene y desestabilizando el futuro económico del país.
Como publicaba ayer Diario Palentino en su editorial, «en este escenario, donde buena parte de la sociedad española reclama consenso entre los partidos de Estado, lo positivo para el país sería un acuerdo entre PSOE y PP en aras a contribuir a la mejora de la seguridad y la defensa europea. Por desgracia -añadía- es utópico albergar esperanzas en este terreno mientras el muro levantado por Pedro Sánchez al comienzo de la legislatura siga en pie, impidiendo construir puentes con Feijóo».
Por ello, para responder hoy a la llamada de Europa con el fin de garantizar su seguridad, España necesita un cambio total de política y construir un proyecto de unidad nacional, que incluya consensuar también temas como la financiación autonómica, la emigración, la educación o la vivienda, sobre todo para los jóvenes. Eso sí, con Presupuestos Generales del Estado aprobados, que garanticen los servicios y equipamientos públicos que también gestionan en gran medida los ayuntamientos, las diputaciones y las comunidades autónomas.
Y si no, que el presidente Sánchez convoque elecciones generales ya, a pesar del entorno de supuesta corrupción que le rodea.
Este voluntarioso deseo de proyecto de unidad nacional significa un compromiso de los dos grandes partidos, pero también de nuestro compromiso como ciudadanos libres y con conciencia crítica constructiva, colaborando y participando en el entorno familiar, en el trabajo, en el centro educativo, en el pueblo donde vivamos, en la comunidad de vecinos de la ciudad, en los grupos socioculturales… Nuestro proyecto de vida en sociedad tiene significado, propósito y valores. Lo contrario, la apatía y el nihilismo, es decir, un viaje a ninguna parte.