«Buenas tardes, David, necesito que vengas mañana a Burgos al Hospital, por favor». Recuerdo perfectamente esa llamada y esa noche dando vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueño, pensando en cómo contarle al día siguiente a ese chavalito risueño, a quien años atrás el arbitraje y un partido en Cáceres me permitió conocer, que ese bultito insignificante en su codo derecho se trataba de un sarcoma sinovial cuya única opción radicaba en una amputación de su brazo.
La verdad es que fue fácil, él me lo hizo fácil. ¿Cómo le dices a un amigo de 26 años que tiene un cáncer y la única posibilidad de salvar la vida pasa por cortarle su brazo?
Y no solo eso, le pides que tome una decisión sin tiempo para pensar porque el reloj avanza en su contra. Esa misma noche, me llamó, su única preocupación eran los tiempos de recuperación.
David meses antes acababa de ascender como árbitro a 2ª RFEF. Entendía que lo del brazo había que hacerlo sí o sí. Fue práctico y comenzó a cuestionarme una serie de preguntas que nadie jamás me había planteado en una consulta de traumatología: si no tengo brazo derecho, ¿cómo voy a marcar la dirección de las faltas? ¿cómo voy a levantar el cartelón de los cambios? ¿cómo voy a apuntar las tarjetas?... Meses después, tras una compleja cirugía y múltiples sesiones de quimioterapia, David cumplió su sueño, debutar como árbitro en 2ª RFEF. Y gracias a los pequeños ingenios que fue ideando dio respuesta a todas aquellas preguntas.
Hace unos meses, su hermano Sergio, médico, alarmado tras un partido en el que David había estado inusualmente fatigado, me llamó por teléfono. Venid a Burgos, a urgencias, inmediatamente.
Aquella noche interminable y tras una serie de pruebas pudimos comprobar que esta perversa enfermedad, el cáncer, había regresado y en este caso por sus diversas localizaciones era imposible curar.
Recuerdo que hace semanas, en una de las múltiples y largas llamadas nocturnas que teníamos, tristón por la mala evolución que estaba teniendo y sabedor del poco tiempo del que disponía, le aposté que juntos tomaríamos una paella en Cantabria en junio.
Ejemplo de entereza, fue él quien transmitió su inminente final a todas sus amistades. La semana pasada fue mi turno. Cenamos y al despedirnos quiso levantarse, ayudado por su padre lo consiguió y nos fundimos en un abrazo interminable.
Gracias, fue su última palabra. No pude responderle. Sé que él entendió que el aumento de fuerza de mis brazos contra su tórax fue mi manera de decirle gracias a ti.
En esa casa, tranquilo, rodeado de unos padres maravillosos que no le han dejado ni un minuto solo, de Sandra, su pareja, que no ha perdido la sonrisa en ningún momento y de Sergio, su hermano, su médico y su ángel de la guarda, el martes decidió marcharse.
No puedo imaginar lo que todos ellos sienten en estos momentos. Un tanatorio y un funeral abarrotados de sus amigos y compañeros ha sido el espejo de su personalidad.
Perdiste la apuesta David. Este junio en una terracita mirando al mar comeremos esa paella. Tú no estarás físicamente, pero estarás allí conmigo.
¡Que la tierra te sea leve, amigo!
*Médico y árbitro