La 'foto finish' del acuerdo por el decreto ómnibus deja un instantánea costumbrista propia de un Gobierno en manifiesta debilidad. Una situación, la dependencia de un crisol variado de formaciones, entre ellos los 7 de Junts, en la que el Ejecutivo sanchista parece recrearse ya sin pudor con adornos de índole deportivo, con alusiones al clásico «sudar la camiseta» elevado a gesta política. Un partido que se juega en Suiza y no atiende en especial a los intereses de la generalidad de los españoles. Con las cartas sobre la mesa, al rebufo del citado decreto ómnibus que ha expuesto una vez más la inevitable vinculación de Sánchez y Puigdemont y que ha devuelto a la realidad a un presidente del Gobierno que por momentos no es consciente de la realidad numérica que le otorgaron las urnas alejada de la mayoría absoluta, el Ejecutivo central se lanza a por unos presupuestos Generales del Estado que parecen cosa de dos para oprobio del resto de territorios.
Este mismo miércoles, Félix Bolaños, ministro de Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, hacia mención al traspaso de las competencias en inmigración con Cataluña, un trámite «bastante avanzado» que ayudaría, en palabras de Bolaños, a que prosperen las cuentas anuales. La luz verde al decreto social, la forma tan enrevesada en que ha salido adelante, hace más cercano lo que ayer parecía imposible, que el Gobierno sea capaz de aprobar unos presupuestos que están atascados en otras siete comunidades, seis de ellas por el Partido Popular, y que habla de un clima político enredado en tacticismos cortoplacistas. Pese a que las demandas de Junts no se han visto satisfechas, el nacionalismo tensa la cuerda y juega a varias bandas, con esperanzas vanas a populares, aun a sabiendas de la dificultad para hacer realidad la oficialidad del catalán en la Unión Europea, el beneficio para todos los implicados por la Ley de Amnistía o llevar a buen puerto una fiscalidad diferenciada que se va a encontrar con la oposición del resto de territorios, incluidos los pocos gobernados por el PSOE.
Experto en moverse sobre el alambre y en traspasar crisis propias a otros partidos, el presidente del Gobierno también es consciente de los frágiles equilibrios en los que se mueve Puigdemont y de que sus pulsos, como una cuestión de confianza cuyo éxito ni tan siquiera depende del que la promueve, están lejos de cristalizar. No es de extrañar que, pese a las dificultades, Sánchez se lance a sellar unas cuentas que afiancen una legislatura que va prolongando su fecha de caducidad. Favorecido, en parte, por los vaivenes de una oposición enredada en tratar de justificar unas decisiones que, también desde un cálculo electoral como epítome generalizado entre nuestros representantes, están más encaminadas, en exclusiva, a tratar debilitar al que ostenta el poder. A un Ejecutivo que debiera explicar unos cambios de criterio que ponen por delante sus intereses, la permanencia en la Moncloa, por encima de los del conjunto de los ciudadanos.